lunes, 22 de mayo de 2017

LA ADICCIÓN AL SUFRIMIENTO

Estamos cada vez más acostumbrados a escuchar hablar de todo tipo de adicciones, desde las más conocidas como el alcohol y las drogas, hasta las más modernas como la vigorexia (adicción por el ejercicio físico) o a las nuevas tecnologías (videojuegos, apuestas online, etc.). Sin embargo cualquiera de ellas o todas en general, no son más que síntomas o derivaciones de una adicción mucho más generalizada y global, que afecta cada vez con mayor virulencia a la población: la Adicción al Sufrimiento.

Si queremos entender qué es el sufrimiento, debemos definirlo como todo aquello que nos distrae, evita e incluso nos llega a hacer olvidar por completo, nuestra capacidad para sentir placer o disfrutar de la vida con plenitud y de forma natural, robándonos nuestros talentos y virtudes innatas. El sufrimiento modela nuestra forma de pensar, de entender nuestro mundo y de relacionarnos con los demás, hasta el punto de convertir nuestra vida en un auténtico infierno, cuando no termina acabando con ella.

Culturalmente, se ha pretendido desde todas las instancias de poder, promover el sufrimiento como forma de manipulación social y de control de masas. La persona que sufre termina siendo alguien vulnerable y dependiente, un esclavo al servicio de los intereses de unos pocos. En un principio fueron los órganos de poder político-religioso los que pervirtieron el auténtico mensaje de las sagradas escrituras de todos los credos y no se salvan de eso ni los budistas. Luego fueron las monarquías totalitarias y gobiernos los que utilizaron su poder para instaurar el terror entre la población, cosa que siguen haciendo en medio mundo. Y ahora son los medios de comunicación y ciertos sectores de la ciencia, al servicio de unos y de otros, los encargados de confundir y manipular a la población, pero esta vez, de forma global.

El Sufrimiento termina tiñendo de negro todo lo que puede ennoblecer el espíritu y el alma de las personas.

EL SUFRIMIENTO EN LA INFANCIA

El nacimiento de un niño ya viene determinado como un acto de sufrimiento y dolor. Seguimos creyendo en la maldición bíblica, de muy dudoso origen por cierto, que decía: “parirás con dolor” y hemos dado por sentado que esto debe ser así durante generaciones. Los partos hospitalizados o programados, lejos del hogar y de la familia, se convierten en un evento altamente estresante. Ningún mamífero sería capaz de parir bajo las intensas luces de un quirófano y rodeado de gente extraña, pero las drogas como la epidural, consiguen lo imposible con los humanos.

Renunciar a la lactancia materna, por cuestiones estéticas o de otra índole, así como algunas teorías como el “Método Stivil”, que promueve la indiferencia y la falta de apego con los bebés recién nacidos, algo antinatural y espantoso, terminan originando traumas psicológicos y emocionales muy severos en el niño para el resto de su vida.

El niño nace y se cría en un ambiente hostil sin que sea capaz de identificar las sensaciones placenteras de contacto físico, de protección, atención y cuidado. Y así será muy difícil que de mayor sea capaz de disfrutar de la vida, ya que lo único que aprenden es a controlar sus emociones y a contener sus necesidades más básicas. El bebé aprende rápido a controlar su sufrimiento y sus niveles de estrés, que podrían provocarle altas dosis de cortisol y adrenalina, alterando gravemente su ritmo cardíaco e intoxicando su cerebro y que en algunos casos, son la causa de la conocida "muerte súbita". El bebé abandonado tiene que decidir entre morir de golpe o morirse lentamente aceptando su sufrimiento, algo que marcará decisivamente su forma de afrontar y de entender la vida.

Se le exige al niño que sea responsable, competitivo y que se esfuerce por controlar sus instintos más básicos, reprimiendo sus emociones y evitando que pueda jugar, fantasear y desarrollar su creatividad. “La letra con sangre entra”, ése sigue siendo el criterio utilizado por los sistemas de enseñanza actuales, aun cuando no se le maltrate físicamente al niño. Las exigencias de un mundo tan competitivo y cruel merman sus capacidades creativas a favor de una enseñanza estandarizada que solo valora el esfuerzo. Somos incapaces de permitir un fracaso, las expectativas de los padres son enormes y sólo se desea que tenga un currículo académico intachable, con vistas a que tenga un trabajo.
Nunca se incentiva ni se recompensan sus talentos innatos ni se aprecia que pueda disfrutar aprendiendo.

EL SUFRIMIENTO EN LOS ADULTOS

“La vida es un valle de lágrimas”, esa es la creencia popular acerca de lo que podemos esperar de nuestra experiencia vital. Estamos convencidos de que venimos al mundo a sufrir y de que todo lo tenemos que conseguir con gran esfuerzo. El éxito sin sufrimiento no tiene ningún reconocimiento. Rechazamos frontalmente que alguien pueda disfrutar de su trabajo, de sus relaciones sociales o sentimentales. El sufrimiento y el esfuerzo son la única medida de las cosas. Aquello que se consigue de forma fácil y placentera es visto como algo sin valor y hasta deshonroso. Aquellas personas que consiguen el éxito gracias al desarrollo de sus talentos e imaginación, son vistos como estrafalarios, frikis o marginales, a los que no aceptamos nunca de buen grado e incluso reprobamos.

La vida debe ser una dura lucha y un combate sin cuartel, donde no podemos dedicar ni un solo minuto a nuestras necesidades emocionales, psicológicas e incluso fisiológicas. El descanso está mal visto, hay que ser productivo las veinticuatro horas del día y no se puede perder el tiempo disfrutando.

EL SUFRIMIENTO COMO IDENTIDAD

“Good news, no news”, las buenas noticias no son noticia, es el lema sagrado de los medios de comunicación. Una buena noticia no resulta interesante para una sociedad que vive consagrada, desde el día de su nacimiento, al sufrimiento y al esfuerzo. Los programas televisivos, empapados de sufrimiento y donde se exhibe el dolor y las desgracias de los demás, son los de mayor audiencia, muy lamentablemente.

El mundo entero es una gran catástrofe de sufrimiento y dolor, con el que terminamos identificándonos. Nuestra familia sufre, nuestros amigos sufren, nuestros vecinos sufren, el trabajo es sufrimiento e incluso, nuestras relaciones sentimentales son un auténtico sufrimiento. Así que es normal, que para no sentirnos rechazados o marginados, nos identifiquemos también con el sufrimiento.

La queja es el objeto principal de todas nuestras conversaciones y es muy habitual que nos sintamos avergonzados de que algo en la vida nos pueda ir bien. Sólo hay que hacerle un halago a alguien para observar enseguida como se ruboriza y empieza a disculparse. Ver a alguien sonriente y feliz por la calle está mal considerado, pensamos que está borracho o es imbécil. Sin embargo, si alguien nos empieza a contar los desastres y sufrimientos que ha experimentado, estamos dispuestos al momento a contarle los nuestros y si es posible, intentando que los nuestros sean mayores que los suyos.

Sin darnos cuenta, hemos aceptado la idea y creemos, que la realidad es puro sufrimiento y que el sufrimiento nos hace más reales, pero no más auténticos. La autenticidad supone un desarrollo personal de nuestros talentos, nuestras virtudes y nuestra capacidad de disfrutar de la vida, de forma particular e individual.

Lo auténtico nunca es común a lo real.


LA PÉRDIDA Y EL ABANDONO

Como consecuencia de esta necesidad de ser aceptados por los demás y de ésta identificación con el sufrimiento generalizado, nos acostumbramos a relacionarnos con el otro desde un erróneo sentimiento de compasión y empatía. Creer que la otra persona: amigo, familiar o pareja, es igual a nosotros nos produce cierta sensación de consuelo y de reconocimiento. Ser reconocidos en nuestro sufrimiento nos otorga una importancia que engorda nuestro ego y nuestra identidad distorsionada y ficticia. El otro espera también que le demos la máxima importancia a su sufrimiento y establecemos relaciones afectivas donde el amor auténtico es sustituido por gestos permanentes de compasión. Utilizamos el sufrimiento como reclamo para llamar la atención de los demás, en ocasiones utilizándolo como auténticos chantajes emocionales.

La pérdida o el abandono del otro nos produce una gran cantidad de ansiedad y desconsuelo, con un sentimiento combinado de frustración-ira-tristeza porque íntimamente estamos perdiendo una parte, más o menos significativa, de nuestra propia identidad ilusoria. Sufrimos cuando alguien desaparece de nuestras vidas solo por el hecho de que se está llevando aquello con lo que estábamos identificándonos. Es por eso que no aceptemos que un ser cercano fallezca, porque somos incapaces de admitir que por fin esa persona descansa o que pueda haber ido a un mundo mejor. ¿No resulta paradójico que habiéndonos adiestrado en la idea de un paraíso o cielo, después de estar en este "valle de lágrimas", nos duela que alguien halla fallecido? Nadie cree honestamente que esa persona halla pasado a "mejor vida" o a un sitio mejor. No lloramos por el ser cercano que nos ha dejado, lloramos siempre por nosotros dominados por el apego y no desde un sentimiento de amor auténtico.

Esto es mucho mas fácil de observar cuando no aceptamos que alguien cercano y con el que nos hemos identificado, puede en algún momento cambiar. Si la otra persona cambia y si además lo hace para tener éxito en su proyecto de vida o ser feliz ya no podremos identificarnos con él. Es entonces cuando reconocemos nuestra incapacidad o desinterés por hacer lo mismo que la otra persona, lo cual es motivo de también de frustración-ira-tristeza. Quizá la otra persona realmente no quiera abandonarnos, pero le obligaremos y le acosaremos de todas las formas posibles, hasta que se vea obligado a decidir si puede contar con nosotros en su aventura de vivir o abandonar el rebaño.

Nada de esto tiene que ver con relaciones de amor saludables, donde la felicidad del otro; crecer y desarrollarse en armonía, reconocer sus talentos y virtudes o su capacidad para disfrutar de la vida, sea el propósito de las mismas. No se puede amar desde el sufrimiento. Lo que entendemos por amor en nuestra cultura solo es apego, un apego enfermizo que es fuente de frustración, celos, envidia, sometimiento y por supuesto, muchísimo sufrimiento.

ADICTOS AL SUFRIMIENTO

Un paso más en nuestra identificación personal con el sufrimiento, es cuando se convierte en una auténtica adicción. Casi podría definirse como un trastorno de la personalidad por evitación. Las personas adictas al sufrimiento evitan y huyen de todo aquello que puede proporcionarles un desarrollo individual saludable. Son personas incapaces de hacer nada que pueda procurarles alguna satisfacción personal de cualquier tipo. El placer o el bienestar, son entendidos como síntomas de que algo no va bien en su vida, es decir, sufren si no sufren.
Estas personas se nutren del sufrimiento propio y del de los demás.

Como los antiguos ascetas, disfrutan mortificando su cuerpo mediante prácticas y hábitos perniciosos para su salud, castigándose duramente. A nivel psicológico, sólo disfrutan con el sufrimiento que les rodea y de aquellos con quienes se relacionan.

Son fáciles de identificar porque su vida es un sufrimiento constante, la queja sobre todo y sobre todos, es su tema favorito de conversación. Siempre están a tu alrededor cuando te van mal las cosas y huyen cuando te van bien.

Cuestionan y critican cualquier opinión optimista o distinta, que puedas tener sobre el mundo y odian el espíritu constructivo. Lo pasan realmente mal o evitan las reuniones sociales y fiestas donde los demás puedan disfrutar.

Se someten a regímenes estrictos de autocontrol y dietas, para dominar su cuerpo o modelarlo, porque son incapaces de aceptarse como son. El cuerpo es un objeto que creen que pueden controlar a su antojo. Ahora es frecuente ver como se mutilan con piercings, implantes y cirugías estéticas o se castigan en un gimnasio hasta la extenuación.

Los tatuajes con representaciones de sufrimiento o de la muerte, también son frecuentes en ellos, todo lo oscuro les atrae poderosamente. Se sienten atraídos por relaciones en las que son humillados o maltratados física y psicológicamente.

Son adictos a cualquier tipo de sustancias y situaciones que puedan poner en riesgo sus vidas. En casos extremos, son personas que pueden haber sufrido situaciones de maltrato físico, casos extremos de anorexia e incluso haber intentado el suicidio.

El adicto al sufrimiento no teme a la muerte, tiene un pánico atroz por la vida y a sentirse vivo, porque es algo que desconocen por completo. Los cambios y las situaciones desconocidas les aterran.

El control es el eje fundamental de su existencia, no pueden vivir sin un reloj y todo tiene que estar medido, programado y calculado. Si no pueden controlar sus circunstancias o a los que le rodean se vuelven locos de ansiedad, experimentando auténticas crisis de pánico o explosiones de ira.

En otro extremo, encontramos a aquellos que van de buenos y santurrones por la vida, devorando literatura de autoayuda, asistiendo a talleres de todo tipo de terapias sanadoras y practicando todo tipo de hábitos alimenticios y de disciplinas físicas, hasta convertir su vida en una auténtica paranoia. Se convierten en buscadores infatigables de la iluminación espiritual y se sienten bien entre otros muchos buscadores infatigables, que como ellos, sufren enormemente.

Quieren salvarse y salvar a los demás de un mundo doloroso e injusto, construyendo imaginariamente una especia de Arca de Noé, donde terminan aislándose. En los casos extremos también terminan torturándose con dietas extremas, consumiendo productos exóticos o practicando ayunos.

El yoga y otras prácticas corporales pueden convertirse en un medio de autocontrol y de sometimiento del cuerpo. Son adictos también a relaciones donde pueden ser humillados o maltratados por algún gurú de turno, pero tienen como excusa que soportar el sufrimiento es un acto de fe, una prueba espiritual o simplemente, que son muy buenos.

Sin embargo, es frecuente ver que cambian de terapias y de técnicas de desarrollo personal constantemente, ninguna les termina de convencer y huyen despavoridos cuando alguna técnica verdaderamente les puede ayudar. En casos extremos se vuelven adictos de alguna secta que les prometan la iluminación, eso sí, tras largos y duros años de mucho esfuerzo, renuncia y sacrificio.

En ambos casos, tanto los adictos al sufrimiento, como los adictos a la iluminación, tienen en común que su sufrimiento interior siempre es mayor, sacrifican su vida, son intransigentes e intolerantes, tienen problemas de salud, son asociales y perjudican seriamente a cuantos les rodean.

La gran trampa en la que caen todos los adictos al sufrimiento, es la creencia de que es algo que pueden dominar, han aprendido a convivir con él y llevan hasta el límite su capacidad de soportar el dolor.

Sufren porque creen que es algo que pueden controlar.

Piensan que en cualquier momento pueden dejar una adicción, que pueden soportar cualquier dolor con algún medicamento o que pueden dejar una relación tormentosa cuando quieran. Hasta que un día se les va de las manos.
Lamentablemente, lo que no han aprendido es a sentirse bien ni a disfrutar de la vida.

LA COSTUMBRE

En la película "Grand Cannyon" de Lawrence Kasdan, hay una escena en la que Danny Glover cuenta una experiencia, en la ficción, con su anciano padre, en el que él le había preguntado cómo había sido capaz de soportar una vida tan larga y llena de tanto sufrimiento, a lo que el padre sólo le respondió con una escueta frase: "la costumbre".

Etimológicamente la palabra "costumbre" se refiere a una segunda o doble naturaleza. Lógicamente a nadie le gusta sufrir, es más, seguramente hemos construido una identidad ficticia y una sociedad sofisticada, intentando huir del sufrimiento, sin embargo la huída es por definición una respuesta biológica de los estados de estrés de lucha-huida, así que en sí misma es una trampa. La aceptación y la calma, es la única respuesta que puede poner paz a nuestros conflictos existenciales de todo tipo. 

Comprender que el cuerpo y el cerebro, en sí mismo tienen una tendencia biológica conservadora y que se acostumbra a cualquier cosa con tal de conservar la vida, es un gran paso para lograr esa aceptación o comprensión.  El cuerpo y la mente intentan ahorrar energías y recursos aprendiendo rápidamente hábitos que le permitan sobrevivir, pero esto no es lo mismo que tener una calidad de vida determinada o deseada. 

Estas costumbres han sido programadas desde orígenes muy remotos y han sido afianzadas por la educación de nuestros padres, de nuestro entorno y de la sociedad en su conjunto. Nuestra capacidad de cambio es muy limitada, quizá solo sea posible a través de unas cuantas generaciones, es decir, que los pocos cambios que podamos hacer en nuestra vida, puedan ser reafirmados por nuestros hijos y nietos. Sin embargo, aunque lo más fácil sea seguir como siempre, con la ganancia secundaria de ser aceptados en un medio intoxicado de sufrimiento, es conveniente atreverse a hacer cosas nuevas y romper algunos hábitos, cada cual en la medida que pueda. 

La sociedad fomenta el sedentarismo, pero la evolución requiere que seamos nómadas, aunque sólo sea alguna vez, para descubrir y explorar nuevos medios y formas de vivir, aunque esto solo sea a un nivel psicológico.

No te acostumbres a sufrir, acostúmbrate al bienestar. ¡Es mucho más fácil!

EL PLACER Y EL BIENESTAR

Algunos médicos y científicos, como la Doctora Kerstin Uvnäs Morbeg, empiezan a interesarse por las cualidades curativas y sanadoras, tanto a nivel físico como emocional y psicológico, de la hormona Oxitocina y de los beneficios del sistema nervioso parasimpático y en concreto del nervio vago. Éstos son antagonistas del sistema nervioso simpático y del Cortisol, que son los responsables de mantener el organismo en constante estado de estrés corporal y de ansiedad.

La Oxitocina es la hormona del amor y la compasión, única entre los mamíferos. El recién nacido cuando mama, recibe y estimula grandes dosis de esta hormona mediante el estímulo del nervio vago mediante el mecanismo de la succión, procurándole el placer de sentirse aceptado, cuidado, protegido y saciado.

Así es como ésta hormona procura paz interior y sensaciones placenteras. Promueve la socialización y establece vínculos afectivos y duraderos con los demás. Estimula la confianza y el optimismo. Es precursora de otras hormonas como las endorfinas, que nos hacen sentir bien o la dopamina, la hormona de la recompensa cuando estamos satisfechos.

Regula nuestra respiración y el ritmo cardíaco. Estimula los procesos digestivos y nuestro sistema autoinmune. Y finalmente, es la hormona que está presente y que dirige los procesos del nacimiento, la lactancia y el apego afectivo con el bebé. Ahora que tanto se estudia sobre las células madre, no estaría mal llamar a esta hormona, la "Hormona Madre".

Lamentablemente, los receptores celulares de esta hormona van disminuyendo con los años y tras largas temporadas de estrés y sufrimiento. Administrar la Oxitocina sintética en situaciones de estrés, como puede ser durante un parto en un hospital, sirve de muy poco o incluso, puede ser contraproducente.

Es necesario reeducar al cuerpo para que él mismo, sea capaz de producir esta hormona y además, multiplicar el número de receptores celulares. Es un proceso más o menos largo, dependiendo del nivel de estrés y de sufrimiento que padece cada cual. Sin embargo, es la única fuente de placer y bienestar que tenemos para afrontar un mundo de sufrimiento como el que vivimos.

Estimular la Oxitocina es fácil en todas las ocasiones en que disfrutamos o sentimos placer de alguna forma. Principalmente se activa en nuestras relaciones sociales, en el bis a bis. Nunca por Facebook ni por WhatsApp.

El contacto visual, la expresión corporal del otro, hablar y escuchar la voz de la otra persona, establecer algún tipo de complicidad o intimidad, compartir momentos de diversión y alegría, compartir fantasías o imaginar situaciones o proyectos positivos y sobre todo, el contacto físico, estimula la producción de Oxitocina.

Cualquier técnica que sea capaz de hacernos sentir bien, estimulando esta hormona, como el Quiromasaje y otras técnicas psicológicas como la Programación Neurolingüística; enfocada ésta última en transformar las creencias limitantes y de sufrimiento en creencias potenciadoras y de bienestar, puede ser de gran ayuda.

Y lo más importante, es a aprender a identificar aquellas situaciones, información e incluso personas, que pueden hacernos sentir bien o hacernos sentir mal, para potenciar unas y restar importancia a otras, manteniendo siempre un equilibrio sano en nuestra relación con el mundo en que vivimos.
Ser conscientes es fundamental para poder decidir.

César Esteban Guill
Texto Registrado.

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