viernes, 24 de junio de 2016

SINDROME PAI



El síndrome PAI afecta de forma significativa a un sector de la población infantil cada vez mayor y que está alcanzando niveles alarmantes. El Síndrome PAI o Síndrome de los Padres Altamente Irresponsables, provoca multitud de alteraciones y patologías de orden conductual y fisiológico que degeneran en autismo, déficit de atención, intolerancias alimentarias de todo tipo, conductas agresivas, rendimiento escolar insuficiente, alergias y alteraciones del sistema inmune. Sólo hay que darse una vuelta por un parque infantil para encontrase a niños visiblemente enfermos, niños con ojeras o con mocos colgando de la nariz de forma crónica, niños tristes o agresivos, que son incapaces de relacionarse con otros niños o incluso niños que visiblemente muestran también déficit de crecimiento para su edad.


Lógicamente esta situación es la gallina de los huevos de oro para la industria farmacéutica y algunos profesionales del mundo de la obstetricia y la ginecología, la pedagogía y la psicología, como por ejemplo el Dr. Estivill, que están defendiendo y promoviendo activamente que se extienda como un virus el Síndrome de Padres Irresponsables. El concepto de este síndrome se fundamenta en generar una conciencia o mejor dicho inconsciencia, de las necesidades afectivas, emocionales y psicológicas más básicas y fundamentales de sus hijos. Se promueve la idea de que el niño es un problema en sí mismo a la par que exoneramos de toda responsabilidad a los padres de los mismos. Es decir, sembramos la terrible confusión de que el niño no es una consecuencia de una decisión que un día han tomado, sino una causa en sí misma y que debe adaptarse a las exigencias y caprichos de los padres. Los padres se olvidan de que son ellos mismos la causa de que sus hijos hayan venido a este mundo y que tienen una responsabilidad con ellos hasta que sean adultos.

Y entonces nos encontramos con un padre o una madre que acusan a su hijo de tener “mamitis” cuando el niño lo único que hace es reclamar una atención primaria, biológica y fundamental para él. Nos encontramos con un padre o una madre que acusan a su hijo de “no querer comer” cuando la comida que le están dando no va acompañada del afecto y la atención que se merecen, porque el papá o la mamá no pueden despegar la nariz de su móvil. Nos encontramos con un padre o una madre que se complacen en tratar a su hijo con “Déficit de Atención e Hiperactividad” drogándoles con cualquier medicamento, en vez de asumir que la causa es un increíble déficit de atención de ellos mismos hacia sus hijos, es decir, que no les hacen ni puñetero caso en todo el día. Y finalmente y esto es lo más alarmante, empezamos a ver una creciente cantidad de casos en los que estos niños, a los que no se les ha dado ningún referente psicológico ni se les ha dado el marco afectivo adecuado, al llegar a la adolescencia empiezan a maltratar físicamente a sus padres. Observamos con gran tristeza que estos padres se ven en la penosa situación de tener que denunciar a sus propios hijos por malos tratos. Estos niños a los que nunca se les ha dado un “no” como respuesta y se les ha consentido todo, para que el niño no molestase en casa y eludir nuestra responsabilidad con ellos, tienen ahora unos niveles muy bajos de tolerancia ante la frustración, a lo que se suman grandes dosis de odio y rabia reprimidos porque papá y mamá siempre le han “culpado” de ser como es.

Y en parte tienen razón, los hijos son de los padres y son el resultado de cómo se han responsabilizado o no de su crianza y de sus necesidades afectivas y psicológicas.

Está claro que la sociedad ofrece una enorme cantidad de soluciones para que nuestra vida cada vez sea más fácil y segura, pero eso no debe despistarnos de nuestras responsabilidades y mucho menos con las personas más indefensas y a las que más queremos.

Está bien que existan drogas, antibióticos o anestesias para atender un parto de una mamá que puntualmente se complica, pero eso no debería significar que el parto hospitalizado se estandarice en contra de un parto natural y mucho menos que se intente vender la idea de que un parto medicalizado sea lo mejor.

Está bien que exista leche de fórmula para que en un caso en que la madre tiene dificultades con la lactancia pueda criar a su hijo, pero eso no debería significar que la leche de fórmula sea lo mejor, que una madre renuncie a la lactancia con justificaciones estéticas, como que se le pueden caer los pechos o que se elija esta opción para volver cuanto antes a su puesto de trabajo.

Está bien que existan guarderías para que los niños tengan una atención correcta en los casos en que las mamás se vean obligadas a dejarlos para atender sus compromisos laborales, pero eso no significa que deba ser normalizado y mucho menos que se promueva la idea de que la guardería es lo mejor para un niño menor de 3 años, diciendo tonterías como que así se “espabilan antes” y se “relacionan mejor”.

Resulta imprescindible poner el foco de atención sobre los padres y muy especialmente sobre la madre, en los casos en que los niños empiezan a mostrar alteraciones psicosomáticas o conductuales, para que tomen conciencia de cuáles son sus necesidades y retomen su responsabilidad hacia un compromiso vital que únicamente han decidido ellos, los padres. Ya va siendo hora de dejar de pensar que las enfermedades y alteraciones de conducta de los hijos se originan por una especie de mandato divino o que el niño es así por una especie de mala suerte que le ha tocado vivir y mucho menos, que todo se tiene que resolver a base de medicinas y que la crianza y su educación debe ser delegada en manos de terceros.

Resulta más fácil etiquetar a un hijo como “Bebé de Alta Demanda” que admitir que sus padres carecen de la paciencia y la atención que precisa ese bebé o que tienen otras prioridades, ¿quizá más importantes? Atender un hijo implica conocer y aceptar sus necesidades, sus talentos, sus cualidades y su originalidad, lo cual le convierte en un ser único y excepcional al que aprendemos a amar dejando el whatsapp de lado y abrazándolo cuando nos lo pide. No puede ser que todos los días tengamos que aprendernos el nombre de una nueva enfermedad y que etiquetemos con ellas a nuestros hijos sin preguntarnos nunca qué estamos haciendo mal. Nadie había oído hablar nunca hasta los años 90 de las intolerancias alimenticias, ni de la infinidad de alergias que vemos hoy, ni del creciente número de casos de autismo, ni de la epidemia tan abrumadora de casos de déficit de atención o trastornos obsesivos compulsivos, que vemos a todas horas y en todas partes.

Empieza a ser bastante difícil encontrar un niño sano y esto sólo tiene que ver con las exigencias de una sociedad que está destruyendo la conciliación familiar, la comunicación y promoviendo el Síndrome de los Padres Altamente Irresponsables (PAI).

Sólo un porcentaje muy pequeño de las enfermedades tienen una causa genética y aun así se puede mejorar muchísimo su calidad de vida si los padres buscan respuestas. El resto de los casos es pura inconsciencia, egoísmo, indolencia e irresponsabilidad de los padres.

Cómo reconocer si tus hijos están sufriendo un Síndrome PAI


  • Cuando decides traer un hijo al mundo sin ponerte antes en paz con tu madre y eliminar todos los resentimientos que tienes hacia ella.
  • Cuando prefieres contratar los servicios de una doula antes que pedir ayuda a tu madre.
  • Cuando prefieres cualquier alternativa artificial para concebir, gestar, parir, criar y educar a tu hijo por razones estéticas o puramente egoístas.
  • Cuando dedicas más tiempo a mirar tu móvil que a jugar con tu hijo.
  • Cuando te pasas el día criticando la forma en que otros padres atienden a sus hijos.
  • Cuando te ves impulsado a convencer a otros papas de que deben hacer con sus hijos lo mismo que tú haces con los tuyos, buscando así afirmación y justificación de todos los errores que quizá estás cometiendo tú. Respeta a los demás.
  • Cuando aceptas a "pies juntillas" todo lo que te dice tu pediatra o médico sin cuestionarte nada y no buscas remedios alternativos o segundas opiniones.
  • Cuando buscas en internet la "etiqueta" oportuna para "clasificar" y no remediar el sufrimiento de tu hijo.
  • Cuando te quejas constantemente de no "tener tiempo para ti" como si tu familia fuera una cosa ajena a tu vida personal.
  • Cuando dices "es lo que hay" complaciéndote en que a todos los demás les pasa algo igual o parecido.
  • Cuando empiezas a exigir a tus hijos responsabilidades que son exclusivamente tuyas.
  • Cuando prefieres buscar en internet una solución a cualquier duda cotidiana sobre la atención de tu hijo, antes que preguntarle a tu madre.
  • Cuando te empeñas en seguir viviendo la vida que tenías de soltero/a y tratas a tu hijo como un estorbo o un impedimento.
  • Cuando te niegas a aceptar que has madurado, que te haces mayor y que tienes que adaptarte a los cambios y al crecimiento de tu hijo.
  • Cuando obligas a tu hijo a seguir tu ritmo de vida y tus horarios, en vez de adaptar tu vida a sus horarios y necesidades vitales.
  • Cuando te empeñas en que tu hijo debe aprender deprisa y madurar deprisa, no respetando su ritmo.
  • Cuando presumes de que tu hijo es muy independiente y recompensas que reprima sus necesidades afectivas.
  • Cuando le exiges a tu hijo que debe ser algo distinto a lo que tú no has sido capaz de enseñarle con tu ejemplo.
...

Es necesario retomar nuestro compromiso respecto a la educación y cuidado de nuestros hijos, tomar conciencia plena y mantener un espíritu crítico ante un sistema que nos pone muy "fácil" lo que realmente debería ser un aprendizaje y una oportunidad de desarrollarnos y madurar como individuos, como padres y madres responsables. Un hijo viene siempre a mostrarte tus carencias, tus debilidades y tus traumas reprimidos, así como a poner a prueba tus talentos y recursos internos. Un hijo es un maestro que viene a enseñarte a ser mejor persona y a darte la oportunidad de reparar lo que un día te hizo daño a tí. Y esa es una experiencia vital a la que no deberías renunciar por nada del mundo.