lunes, 11 de noviembre de 2013

Ataques de pánico y ansiedad

Dr. Ronald Hoffman
Traducido: Sonia Martín 

Marjorie, de 42 años, se sintió de repente mareada, le temblaban los dedos y sintió un dolor tremendo en el pecho. Tuvo la sensación de muerte inminente. Le pidió a su marido “Will, no puedo respirar – Me estoy muriendo”. Viendo que en verdad le era imposible tomar una bocanada completa de aire, Will la llevó volando a emergencias en un hospital cercano. Parecía un ataque al corazón, pero tras examinar a Marjorie y realizar un electrocardiograma, el médico le dijo a Will, “no pasa nada. El electrocardiograma es normal. Se trata de un ataque de pánico”. Will y Marjorie no podían aceptar el diagnóstico. No había nada por lo que ella estuviera especialmente nerviosa, y los síntomas físicos habían sido sobrecogedores y aterradores. El doctor estaba tratando de explicarles que el sistema nervioso de Marjorie estaba fuera de sí. Por alguna razón, había experimentado un repentino colapso neurológico.

El tipo de ataque de pánico que experimento Marjorie parece ser epidémico. El desorden de ansiedad es un fenómeno moderno, y puede deberse al tremendo stress de la vida moderna y quizá a nuestro habitual pero tremendo stress dietético, como el exceso de azúcar y cafeína, que a menudo son combinados, como por ejemplo en las bebidas de cola. El azúcar y la cafeína no pueden por sí solos desencadenar un ataque de pánico, pero lo que pueden hacer es desestabilizar la actividad cerebral de forma que la ansiedad al final alcanza dimensiones de colapso.También sospecho que la epidemia de ataques de pánico tiene mucho que ver con la educación parental. Algunas personas sienten que tienen que superar grandes presiones, y algunos padres cargan a sus hijos con muchos condicionantes a través de castigos e incentivos negativos, un control excesivo de manera que esas personas se desmoronan al final.

El caso de Marjorie era el típico caso de ataque de pánico en el que ella no identificaba su experiencia como pánico o ansiedad. Nadie va al médico o al hospital para decir: “De repente me sentí muy asustado”. La gente se asusta, pero es resultado de los síntomas y no la causa. Un ataque de pánico típico a menudo implica fuerte sensación de dolor en el pecho y presión, o palpitaciones, lo que lleva a la gente a pensar que están sufriendo un ataque al corazón. Los ataques de pánico pueden tomar otras formas: incapacidad para concentrarse, sensación de irrealidad, sensación de levitar, temblor de manos, falta de aliento. Muchos pacientes vienen y me dicen, “Doctor, no puede respirar; No puedo tomar una bocanada de aire completa”. Me planteo si hay alguna enfermedad respiratoria, ¿será asma? A menudo hago un chequeo pulmonar, o realizo una espirometría, y descubro que la persona está respirando de manera totalmente normal. Otros pacientes me dicen, “Doctor, no me puedo concentrar, me siento mareado todo el tiempo. ¿Estoy enfermo o algo así? ¿Tengo mono?” Puede que se quejen de molestias gastrointestinales, como dolores estomacales, calambres o diarrea. Busco virus, parásitos, alergias o intolerancias, infecciones por candidiasis o úlceras pépticas. Si alguien tiene dolores en el pecho o palpitaciones, por supuesto realizo un electro. Pero estas pruebas a menudo dan negativo, sin una causa clara en el órgano afectado, así que tengo que descartar estas causas físicas. Esto deja un diagnóstico de ansiedad aguda.
Realmente voy hasta el final para encontrar causas en los órganos, porque demasiadas veces los médicos prescriben síntomas vagos de ansiedad, que suele ser una consecuencia de un problema físico real. Por otro lado, mucha gente joven de mediana edad van por ahí con desórdenes de ansiedad graves y a menudo trasladan al médico sensaciones. Esto puede ser una señal temporal, un indicador del incremento del asalto ambiental y conductual en nuestro sistema nervioso. Se trata de un síndrome moderno, que es real y dominante. Incluso para los que no lo han experimentado, la prevalencia de los ataques de pánico nos debería servir para no dar por sentado el estado de nuestro sistema nervioso.
La gente a menudo se resiste o se niega a un diagnóstico de ataque de pánico. Hay gente que se agarra a sus síntomas físicos, convencidos de que están apuntando a un problema cardiaco o algo similar. Pueden sentir quizá que hay un estigma en el diagnóstico de ataque de pánico, como lo hay al de enfermedad mental y es de alguna manera humillante o implica cobardía, fracaso moral, o debilidad de carácter. Temen decir lo que ocurre en sus mentes.
Pero no se trata de una enfermedad mental realmente, es como si todo tu cuerpo hubiera sido sacudido con electricidad, con impulsos nerviosos fuera de control en una especie de circuito cerrado. Es como una descarga involuntaria del sistema nervioso autónomo, una respuesta estrictamente fisiológica que no tiene que ver con tu control mental o tu calma antes del ataque, o con pensar en cosas particularmente estresantes o emocionalmente irritantes. De hecho, algunas personas afirman estar muy tranquilas antes del ataque, o que no pensaban en nada en particularmente estresante o emocionalmente irritante. A veces se quejan de que no pueden ser los nervios porque ese día no estaban estresados.
Pero no hace falta necesariamente tener un incidente estresante para desencadenar un ataque de pánico. Si no que el estrés se va formando de forma gradual en el sistema nervioso, durante mucho tiempo, y finalmente alcanza un límite y se desborda. Algo parecido puede ocurrir en gente con problemas de corazón, una red de nervios en el músculo cardiaco puede empezar a generar señales amplificadas, una especie de circuito cerrado neurológico. Esto puede descontrolarse y provocar fibrilación; el corazón para de latir rítmicamente y simplemente vibra. El ataque de pánico es un síndrome fisiológico real, que la gente debería aceptar y tomar pasos constructivos para corregirlo.
De hecho, hay algunos indicios de que ciertas condiciones congénitas pueden predisponer a la gente a tener esos ataques. Por ejemplo, gente que tiene una enfermedad muy común congénita del corazón llamada prolapso de la válvula mitral. Es una anomalía congénita en el corazón que causa un murmullo en el corazón y a veces palpitaciones que pueden desencadenar un ataque de pánico. El sistema nervioso de estas personas pueden estar simplemente “cableados” en forma de alertas, predisponiendo así a una variedad de síndromes fisiológicos incluyendo ataques de pánico, sensaciones extrañas en el pecho, palpitaciones, síndrome de intestino irritable, migrañas, y otros.

Tratando el síndrome de pánico
A medida que el síndrome de pánico ha ido siendo diagnosticado con más frecuencia, el número de hospitales especializados y grupos apoyo sensibles a este  problema han ido aumentando. Publican folletos informativos y proponen protocolos de tratamientos convencionales que incluyen medicamentos y orientación psicológica. La primera línea de tratamiento puede usar tranquilizantes para reducir la respuesta reactiva inmediata para que se pueda comenzar una terapia a largo plazo. Los antidepresivos pueden ser usados por el médico si cree que la ansiedad está enraizada en una depresión.
Desafortunadamente, algunos de los medicamentos usados para tratar la ansiedad tienen componentes adictivos y éste es uno de los riesgos del tratamiento convencional. Si se usan de manera juiciosa, pueden ser de gran ayuda, pero los médicos prescriben sin más demasiado a menudo hasta el punto de inducir dependencia o una adición en toda regla.
Los medicamentos más conocidos son el Xanax, Valium, Klonopin y Ativan pero todos tienen potencial adictivo. No es poco común que los pacientes los empiecen a tomar, encuentren que se reduce la ansiedad, e intentan dejarlos para descubrir que la ansiedad vuelve.
Y el Prozac, un antidepresivo efectivo, de hecho provoca una ligera condición de estimulación, lo que causa insomnio y ansiedad. Así que la medicación para la ansiedad se prescribe a menudo para desengancharse poco a poco, causando al paciente una dependencia a múltiples fármacos. De manera que a largo plazo, es necesario desarrollar un acercamiento no farmacológico.
Como la terapia con medicamentos es un mero parche, tenemos que tomar estrategias cognitivas y de conducta, y especialmente estrategias nutricionales. Recomiendo algún tipo de práctica conductual, sea yoga, tai chi, meditación o la “respuesta relajante” del Dr. Herbert Benson. En mi clínica, he descubierto que la terapia nutricional es un aspecto importante del tratamiento. Esto incluye limitar la ingesta de azúcar, alcohol, cafeína y medicamentos y proporcionar vitaminas y nutrientes necesarios que quizá falten en la dieta.
Para tratar el síndrome de pánico, primero recomiendo a mis pacientes dejar de consumir café, té, bebidas de cola y empezar un programa de reducción de stress. Se hace un test de tolerancia de glucosa para comprobar los niveles de glucosa y cómo varían con las comidas. A veces mido los niveles de adrenalina en sangre. A veces se da una tremenda secreción de adrenalina cuando precisamente los niveles de azúcar bajan, y ahí es cuando los pacientes tienen síntomas de pánico. Es normal que el cuerpo libere hormonas estimulantes como la adrenalina cuando el azúcar está bajo ya que esto previene los desmayos y una caída peligrosa de la presión arterial.
El síndrome de pánico es especialmente común en gente que han tomado cocaína u otros estimulantes. La naturaleza irritante de la cocaína parece desestabilizar el sistema nervioso y prepara el escenario de reverberaciones neurológicas que continúan incluso tras una retirada de la droga. Pero incluso otros estimulantes más suaves pueden desequilibrar el balance neurológico de algunos individuos, especialmente en ingestas continuadas durante mucho tiempo. No se trata de una sencilla relación causa y efecto tras tomar una taza de café ya que uno no sufre un ataque de pánico. Pero estos estimulantes pueden poner el sistema nervioso en un estado continuo de nerviosismo o alerta. Puede que te sientas bien en este estado de alerta y actividad, pero tras semanas o meses de uso regular puede ser que alcances un punto donde el uso continuado o un estímulo externo pueden desencadenar síntomas fisiológicos y neurológicos. Y no relacionarías necesariamente los síntomas con el café, porque lo has estado tomando durante meses o incluso años.
Alan, uno de mis pacientes que enseñó en el departamento de sociología de una universidad, me contó que tenía el hábito de beber té de un termo a lo largo de su día laboral, que incluía un largo trayecto en coche, impartir varias clases, planificar presupuestos, ir a reuniones, y aconsejar a los estudiantes sobre proyectos especiales. Un semestre de otoño se encontró a sí mismo con brotes histéricos e ira sin causa aparente contra otros conductores, su mujer, estudiantes y compañero. Después, empezó a temblar, a chillar y  fácilmente se encendía de nuevo ante otra frustración o molestia. Estaba muy disgustado con esto y pensaba que se debía a muchas horas de trabajo y stress.
Al mismo tiempo empezó a tener dolores crónicos de estómago. Temiendo padecer úlcera, paró de beber café y eliminó la cafeína de su dieta. Se sorprendió al comprobar que su humor cambió completamente,  no más ira, no más impaciencia constante, ya no había respuestas histéricas. Tras un mes descubrió que podía tomar dos o tres tazas de café al día sin efectos secundarios serios. Pero la respuesta individual de cada uno es distinta. Para otros una taza al día puede ser demasiado.
La terapia nutricional puede jugar un papel importante en el tratamiento del pánico; especialmente útiles son la Tiamina (Vitamina B1) y el magnesio.

Vitamina B1
El Dr. Derek Lonsdale, un colega mío, ha hecho avances en la teoría de que algunas personas con síntomas neurológicos pueden haber sobrepasado el límite carencial de vitamina B1. Lonsdale trabajó en concreto con niños que tenían disfunciones del sistema nervioso autónomo, no el síndrome de pánico específicamente, sino un síndrome de cambios drásticos entre el letargo y la hiper-excitabilidad y descubrió que la tiamina a menudo ayudaba a estabilizarlos. Muy interesante es que la tiamina es necesaria para el metabolismo del azúcar. La gente que consume cantidades ingentes de azúcar y de carbohidratos refinados no sólo puede que reduzcan su vitamina B1 para su metabolización, sino que al mismo tiempo puede que no obtengan la cantidad necesaria de vitamina B1 porque los alimentos refinados son notoriamente bajos en este nutriente. De hecho, en Asia, el origen de la enfermedad causada por una deficiencia de vitamina B1, el beriberi, fue causado por el proceso de refinado del arroz, del cual se elimina la cáscara que es la que contiene ésta vitamina y otros nutrientes importantes, para convertirlo en arroz blanco. Así que si tu dieta contiene mucha harina blanca, azúcar y comida procesada puede que no estés ingiriendo suficiente vitamina B1.

Magnesio
La producción de unos neurotransmisores hormonales llamados “catecolaminas”, que estimulan al cuerpo y lo llevan al estado de disposición para la respuesta  de “lucha o huida”, reducen el magnesio en el cuerpo. Cuando se percibe un peligro o stress, el cerebro libera estas hormonas dentro del cuerpo, que aumentan rápidamente los latidos del corazón,  la presión sanguínea y ponen al cuerpo en un estado de alerta para la acción física. Esto pudo ser útil para nuestros ancestros, que necesitaban luchar contra un tigre diente de sable, pero no es tan útil tener el corazón a tope cuando alguien se para delante de ti en la autovía. Otra hormona que merma el magnesio es el Cortisol, una hormona del stress. Algunos estudios muestran que desórdenes fóbicos como la agorafobia están asociados a niveles bajos de magnesio  y otros tipos de inestabilidad del sistema nervioso pueden estar también implicados. Un claro síntoma de la deficiencia del magnesio es la hiper-reflexia, una especie de reflejo sobresaltado marcado por la sensibilidad al ruido o respuestas exageradas. De hecho, uno de los síntomas de la sobredosis de magnesio es la supresión de los reflejos normales. Así que la idea es mantener el cuerpo con los niveles óptimos de magnesio, aunque lo que realmente importa es no tener deficiencia. En nuestro medio ambiente de alto stress post-industrial, el stress diario y los sobresaltos pueden literalmente arrasar el magnesio que necesitamos para mantener nuestro equilibrio neurológico.

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